Despojándose se todas sus pertenencias se acercó al borde. El mar se abría ante ella, se fundía con el azul del cielo y el sol bañaba su piel cansada. Las olas chocaban furiosas contra las rocas, a cientos de metros bajo ella y los pájaros la llamaban mientras sobrevolaban por encima de su cabeza.
Respiró hondo, por primera vez en mucho tiempo. Tomó su mochila y la lanzó. Fuerte. Lejos. Al vacío. La vio rodar por las rocas, hasta que la espuma salada la envolvió. Tomó su ropa, también, e hizo lo mismo, dejando que la brisa acariciara cada rincón de su cuerpo. Abrió los brazos, cerró los ojos, y rió, rió tan fuerte como nunca antes y gritó tanto que creyó que alguien, al otro extremo del enorme océano, podría escucharla, volvió a reír, miró al cielo y, mientras daba otra gran bocanada de aire, unas alas blancas surgieron de su espalda, tan grandes y tan bellas como la vida había podido hacerlas. Entonces saltó y agitando sus alas voló libre hasta que su cuerpo desnudo desapareció en el horizonte.