Las manos del miedo sostienen mi cuello y aprietan. El tiempo pasa y mis pies dejan de elevarse, caigo al vacío, estrellándome contra el suelo, cual cojín, se crea una nube de plumas blancas que me sumerge. Y sin poder evitarlo, otra vez aquellas dos voces que no se ponen de acuerdo, otra vez el deseo de sumirme en el más profundo sueño, donde todo es de colores, donde puedo, de verdad, sentirme libre. Qué nostálgico es pensar ahora en la falsa felicidad de la noche, pero qué bonito es sentirse un pájaro cuando cierro los ojos y la conciencia se apaga.
Los focos me ciegan, esperando una respuesta. Vamos, responde, ¡actúa! O coges el tren o pasas de largo, pero no juegues con el tiempo, porque no perdona.
Lo que daría por alzarme hasta la más alta nube y esperar allí a que el olvido me recoja. Lo que daría porque esto no fuera más que una mera y estúpida metáfora.
A veces pienso que me engaño creyendo lo que no soy, que la vida no es un cuento, que nada de lo que espero llegará.
Me quedo sin respiración…
¿De verdad es tan difícil? Y sin embargo no puedo ni soportarlo ni dejarlo de soportar.
miércoles, 30 de mayo de 2012
lunes, 28 de mayo de 2012
El mundo se rompe.
El mundo se rompe si el cariño aflora y yo espero impaciente el día de la despedida. Huyendo de las jaulas, huyendo, posiblemente, de lo que el resto de mortales ansía. Volar implica conocer, pero también renunciar. Cuento los días para que esto termine, para poder, por fin, alejarme de aquello que comienza a acercase amenazante, de aquello que empieza lentamente a tirar de mi.
Cobarde sea, quizás, por desaparecer sin avisar, por marcharme de madrugada, por convertirme en un soplo de aire frío que igual que llega se va.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)