La vida se para en ese instante en que olvidas quién eres, dónde estás y por qué. En el momento en que lo único importante es esa compañía que te deja ser tú misma, con tus virtudes y tus defectos, a la que no hay manera alguna de agradecerle ese simple hecho.
Justo ese segundo en que nada es importante, pero todo lo es. Despreocupación, alegría, locura. Locura que al fin y al cabo, es esa chispa que a todos nos acaba llenando, porque ¿qué sería nuestra vida sin aquello que nos hace retornar a la infancia?
Quizás esas personas sean la sencilla razón de que yo sea yo, y de que me sienta orgullosa de serlo.
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