El mundo se ha parado, o más bien, mi mundo se ha parado.
Mirar por la ventana cómo la calle, abarrotada de gente, aparenta que el asfalto se mueve bajo ella. Las nubes han dejado de volar y cuelgan de hilos invisibles. El reloj ya no suena, se imita a sí mismo malamente. Y el aire está cargado de polvo inmóvil, que cansado de no hacer nada decidió arrinconarse en mi burbuja.
Esperar a que el semáforo vuelva a ponerse verde.
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